La queja es un aliado en un momento crítico. Normalmente aparece cuando “nos la jugamos”, ya que nuestro bienestar puede peligrar en algún nivel. También suele aparecer cuando se puede poner en riesgo nuestra reputación ante les demás, o cuando el reconocimiento a nuestra persona se puede tornar en crítica hacia nosotros.

 

A su vez, las quejas de los demás nos invitan a sumar las nuestras, a favor o en contra de esas mismas personas.

 

 

¿Cómo disminuir la queja?

 

 

Para ir disminuyendo la queja (¡que no eliminar, ya que somos y queremos seguir siendo humanos!) podemos considerar algunos de los siguientes aspectos:

 

 

Conectar con la necesidad insatisfecha.

Cuando entendemos el para qué podemos llegar a encontrar el cómo conseguir lo que queremos. Normalmente existe una necesidad mayor a la necesidad superficial que comunicamos a los demás. Atreverse a “verla” y “atenderla” a nivel interno, así como ser valientes para expresarla ante otras personas, nos dará fuerza para mitigar la queja.

 

 

Entender mi patrón ante situaciones similares.

Observarme para comprender cuando me asalta mi “juez saboteador” interior, me dará pistas acerca de cuándo existen desencadenantes en el contexto que me hacen propenso a la queja. Si entiendo estos patrones podré esquivarlos, o al menos suavizarlos. Es bueno, además, que en momentos de tensión me pregunte si lo que pienso, digo o hago, viene del reactivo o del creativo.

 

 

Querer comprender lo que hay detrás de las quejas de los demás.

Detrás de una queja hay todo un mundo que tiene que ver con el “mapa”, la realidad percibida, por la persona. Si nos quedamos únicamente con el mensaje, que viene adjunto con la queja, nos vamos a detonar emocionalmente sin, además, entender lo que realmente le ocurre a la persona en su situación específica. Las preguntas exploradoras, abiertas y tranquilas, son la gran herramienta para ampliar nuestro conocimiento del mapa de la persona.

 

 

No devolver una queja a la queja ajena.

Un comportamiento reactivo de otra persona activa mi comportamiento reactivo. Así como un comportamiento positivo y creativo de alguien invita a mi creatividad. El mérito está en decidir no jugar la partida de tenis reactiva. Y digo que es todo un mérito porque requiere de mucha autogestión emocional, así como de mucha compostura. Lo que ayuda en ese momento es conectar con el bosque y no solo con el árbol, entendiendo todo el contexto que genera la toxicidad.

 

 

Convertir mi queja en una petición a mis interlocutores.

Sabemos que cuando nos quejamos o justificamos ante los demás, estos se ponen a su vez a la defensiva y no nos reciben precisamente con los brazos abiertos. Para que esto no ocurra podemos darle al botón de la pausa y construir un mensaje que, en lugar de tener la estructura de la queja, tenga una estructura de petición. La queja asusta porque culpa al interlocutor por una necesidad que él o ella no ha satisfecho; la petición, en cambio, es una legítima solicitud de soporte.

 

 

Encontrar la acción que desactive la queja.

Stephen Covey hablaba de la necesidad de actuar dentro del círculo de influencia (lo que está en mis manos) para que este se amplíe y le reste protagonismo al círculo de preocupación, que es el que nos empuja a no actuar por la creencia que no podemos hacer nada al respecto. Preferimos preocuparnos en lugar de ocuparnos por el simple hecho de buscar seguridad y comodidad en nuestro día a día. Y esto último está bien siempre y cuando no nos hipoteque nuestra felicidad y realización personal, que es lo que ocurre en muchos casos en los que optamos por quedarnos en el círculo de preocupación.

 

 

Ofrecer ayuda como antídoto a la queja.

Cuando alguien nos venga con una queja, es necesario ponerse al servicio de la otra persona para atender su necesidad, y ver como yo puedo facilitarle las cosas. Cuando mi interlocutor vea receptividad, en lugar de reactividad por mi parte, disminuirá el nivel de toxicidad de su mensaje. A menudo la queja busca la comprensión de los demás. Cuando esta se siente, la queja deja de tener tanto sentido.

 

 

Evitar situaciones que polaricen.

El liderazgo reactivo polariza y busca alimentar bandos. El liderazgo que crea valor busca la manera de tender conexiones entre las necesidades que están en juego. Cuando polarizamos alimentamos la queja, ya que aumenta la crítica y la incomprensión hacia los posicionamientos de las personas que representan el “otro extremo”. Todo lo que nos empuja a posicionarnos en algún lado de la realidad (desconsiderando la otra parte) nos hace comunicar y comportarnos de forma tóxica.

Infografía: La queja. El indicador del liderazgo débil

 

Todos estos aspectos nos pueden ayudar a aumentar nuestro liderazgo más positivo y maduro.

 

¿Nos quejamos, o lideramos?

 

Enric Arola

 

 

Enric Arola

 

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